El esfuerzo no se negocia
Nací en Tartagal, Salta. A los siete, mi viejo se fue a trabajar fuera del país y nos fuimos todos. Mi tío Ernesto me hizo fanático de Boca por teléfono: me llamaba desde la tribuna y no hablaba, levantaba el aparato para que escuchara a la gente. Me dejó una frase que repito hasta hoy: nadie vale más que nadie.
Seguí a Boca desde donde me tocara estar. Cuando vivía en China, me iba a Hong Kong por el día para ver un partido y volver. Hoy tengo tres hijos, los tres de Boca: lo primero que hice cuando nacieron fue ponerles la camiseta.
Hace dos décadas que los problemas de Boca son los mismos y se discuten con la misma lógica. Los errores son de los últimos veinte años. El club lo pensamos para los próximos cincuenta.
Pagás la cuota todos los meses y no conseguís una entrada. Te anotás y no salís nunca. Terminás llamando a alguien que conozca a alguien.
Me pasa a mí también, con el carnet en el bolsillo. El problema de Boca no es cuánta gente entra: es quién decide quién entra.
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A Boca se le da, no se le saca
Casi siete de cada diez pesos que entran al club los ponemos los socios y los hinchas.¿Y quién te muestra en qué se usan? Nadie. Boca hoy vive de espaldas al socio.
Conozco el fútbol por dentro. Vi cómo trabajan los clubes más grandes del mundo, y lo que más me sorprendió no fue lo que hacen ellos: fue lo poco que hace el nuestro.

LA CANCHA
LA MESA
EL ESFUERZO

Propongo una amnistía de rencores
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Los que quieran pelear por Boca son invitados. Los que quieran usar a Boca para seguir peleando entre ellos, no.
Antes que empresario, antes que dirigente, soy socio. Eso va adelante de todo. Y la presidencia de Boca no es una estación de paso: es el punto de llegada.
Mi compromiso es uno y se puede controlar: a un club de 300.000 socios se lo conduce con gente que sabe, decisiones que se explican y números que se muestran. Cada decisión grande, en manos del socio. Cada peso, a la vista.
No vengo a poner una foto.
Esto no se hace solo. Sumate.









